
Poco se sabe realmente de la historia de este eleakara antes de que acabase abandonado en el templo Ryu. Se especula que Andrey Dupont nació hijo de una familia francesa y que su nacimiento coincidió con un viaje de negocios de sus progenitores. Algo que en un principio, no tenía nada de extraño y qué finalizado el viaje estos se habrían vuelto para Francia con su retoño. Pero, y es que en estas historias siempre tiene que haber un pero, el niño nació con un defecto genético; Era albino.
Es decir, su cuerpo no producía ningún tipo de pigmento y por lo tanto, no tardaron en llegar un montón de problemas cutáneos y de visión, relacionados con la luz. Un sin fin de molestias y gastos que al parecer, los padres de Andrey no podían o sencillamente no tenían intención de costear. Así que una noche, tomaron al delicado niño y lo abandonaron en el templo Ryu ¿Por qué allí? Pues hay varias opciones, o bien por qué creyeron que nadie se daría cuenta o bien por qué al ser un eleakara y con un aspecto tan exótico, los regentes se tomarían la molestia de cuidarlo y asegurarse así qué un futuro tuvieran una fuente sustanciosa de ingresos. Ya que entre su llamativo físico, su raza y que podrían educar al niño en cuestión desde el momento en que tuviera uso de razón, para que su único objetivo en la vida, fuera el de aportar buenas sumas al local, vieran en él una inversión segura.


Y así fue, como el niño cuyo nombre y apellidos conocían por una pequeña pulsera en el que estaban grabados, comenzó a vivir en aquel local. Pero con una diferencia; el tayu del templo Ryu, Roku, al ver en la puerta de su templo a un bebé que apenas tenía uno o dos meses se compadeció de él. Acogiendolo y criandolo como su propio hijo, cuidandolo y consintiendolo con la ayuda del resto de trabajadores del templo. Tampoco fueron los tutores del templo los que le instruyeron si no el tayu en persona quien se encargó de su formación, dándole el hermoso apodo de “White rose” ya qué todos caían cautivados por su aspecto puro y aquel carácter que rezumaba inocencia por todos sus poros, pero que sin dudas, al igual que su mentor; ocultaba un sin fin de espinas. Desde que a penas pudo dar sus primeros pasos, el tayu de Ryu se encargó en persona de enseñar a su pequeño “hijo adoptivo” con el fin de convertirlo en su heredero, pues vió en él el potencial y disciplina suficiente para alcanzar dicho objetivo. Incluso siendo menor, Andrey acompañaba al hombre qué lo había criado en sus negocios, fueran de la índole que fueran, legales o no, aprendiendo todo cuanto era necesario y por supuesto; siempre protegido bajo las poderosas alas del propietario del templo, pues pobre de quien osase tan sólo insinuar o ni si quiera dedicarle una mirada que Roku considerase mal intencionada a su pequeña rosa blanca, pues le faltaría tierra para correr.
De este modo, Andrey creció y su belleza y talentos florecieron tal y como el tayu esperaba. Viendo como un padre orgulloso como su heredero se desenvolvía a la perfección incluso en sus primeros trabajos. Algo normal, pues al no haber conocido otra cosa, el albino no tenía ningún tipo de escrúpulo o conflictos morales. Tal era su talento que ni siquiera fue necesario pasar por los rangos anteriores y su mentor le otorgó directamente el rango de sancha (además de uno de los precios más altos en consecuencia de su exótico aspecto, su educación superior al del resto de oirans y rango), así como le pasó a él mismo en su día, como muestra de su confianza en el muchacho, reservado de este modo tan solo a clientes muy especiales y sobretodo adinerados, su compañía se convirtió en un placer que muy pocos eran capaces de permitirse, mucho menos dignos de ella. Confianza qué Andrey tomó agradecido, demostrando qué era digna de ella y ocupando su lugar como futuro heredero del templo, siguiendo acompañando al tayu a sus negocios y en este caso, ahora que ya era mayor de edad tomando actividad cuando su mentor se lo requería, viviendo en una perpetua preparación para cuando llegase su momento. Pese a todas las envidias que su ventajosa condición y cercanía al regente del templo podían inspirar entre sus compañeros, pasando por alto todo tipo de rumores y mentiras execrables que sus compañeros forjaban a su alrededor e incluso alguna que otra mala acción que, desde luego era pagada en cuanto su “padre adoptivo” se enteraba. Al fin y al cabo, la rosa blanca del templo Ryu era y siempre sería intocable e inalcanzable, destinado a no marchitarse jamás.
